sábado 2 de junio de 2007

Ecos de ayer.

La tarde cada vez se aleja más de mi ventana, mientras las nubes grises decoran el paisaje campestre de Cato. El remolino de opacos colores cada vez se hace más intenso, yo me quedo absorta observándolo; siento el ruido armónico de los llantos de los ángeles del cielo chocar en mi ventana, y ellos me muestran esas imágenes borrosas de un abril ya casi olvidado.

Llueve, al igual que ese 25 de abril; llueve, al igual que mis ojos en ese 25 de abril. El frío me envuelve mientras yo camino de un lado para otro en una pequeña sala de un hospital; camino como si buscara respuestas mientras siento las miradas fijas de quienes me acompañan. A mi costado izquierdo hay una puerta que dice U.C.I ...hay una puerta que me separa del ser que más amo en este mundo...mi MAMÁ...

Ya han pasado más de dos horas desde que fue ingresada y aún no sale nadie a darnos explicaciones; mi padre está sentado junto a mi hermano, y veo en ellos esa mirada perdida en un horizonte inventado. La preguntas sobran, el qué y por qué nos gobierna, pero no hay respuestas. Mi vaivén en la sala molesta a algunos, así que me acerco a la ventana y miro cómo cae del cielo la lluvia, que para ese entonces graficaban las lágrimas derramadas hacia mi madre; creo que el día me acompañaba, era tan lento como el extinguir de la vida de ella, era tan torturante como la angustia que me envolvía.

De pronto la puerta maldita se abre y con ella la respuesta tan anhelada, vi sus ojos llenarse de lágrimas, pero no de tristeza sino de felicidad, vi sus abrazos y de ellos yo no quise participar, solo me di media vuelta y miré de nuevo por esa ventana y vi la lluvia que poco a poco desaparecia, y allá en el fondo – como quién mira hacia San Vicente – vi el sol asomarse poco a poco... Y vi también como el agua se evapora para luego volver a ser lluvia...y mi esperanza se evaporo con ella...sabiendo que algún día volvería a llover.

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